Suena el despertador cada mañana, una alarma, dos alarmas, hasta la quinta... empieza el día. Sales de casa, y te esperan bastantes minutos andando, bueno arrastrando los pies; que más da a esas horas nadie se fija. Pasan lo días y notas que cada día amanece antes, son las 7:30 a.m. y ya no es de noche. Es el único rato para pensar. Y podía darse el caso de que no hubiese nada que pensar, pero si lo hay, unas cuantas cosas pendientes del fin de semana esperando a que llegase la mañana del lunes, con la rutina de todos los inicios de semana, para ser pensadas. Toca juzgar, decidir, dar una opinión silenciosa...
No es ni bueno ni malo, simplemente curiosidad, es un ansia ilimitado de querer comparar, un mono como el de cualquier fumador cuarentón que se empitilla mañana tras mañana, inevitable. Siempre he querido saber, siempre he mirado de reojo, hacia atrás, quizás para hacerme un poco de ese daño que intento descubrir, de ese que sólo crea la incertidumbre y el vacío.
No estoy vacía, no me siento sóla, no me quejo de eso, en absoluto. No me quejo de nada, sólo quiero dejar de sentirme extraña por tener que parar un ansia de curiosidad exacerbada.
Prefiero las mañanas de lunes en las que sólo tengo ganas de cerrar los ojos y sentirte cerca.
lunes, 15 de marzo de 2010
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