domingo, 11 de octubre de 2009

Una mañana larga

Al final me resigne a hacer lo que pensé que no haría, regresé a mi cama, podría decir que aún estaba caliente pero no sería cierto, las sábanas recién puestas estaban heladas. Si acto seguido no me levante, fue por no tener que rehacerla de nuevo, y reconocer que se me cae el mundo encima cuando me tumbo mirando al techo, encogiendome, y con una piel de gallina propia de los días más fríos del invierno; pero la pereza era tal, que no podía levantarme en busca de una manta. Y esperé. Tras un rato entre en calor, me despeje, estuve pensando que podría escribir hoy, sin embargo es un día de esos en los que escribes mucho, pero piensas que ni una línea es lo suficientemente buena para leerse en voz alta. Tenía tantos planes para hoy, que tumbarme en la cama sola de nuevo a las doce de la mañana era demasiado extraño. Hoy mi habitación se quedaba demasiado grande para mi, era esa sensación de llevar puesto un abrigo cuatro tallas mayor en el que echas en falta a alguien. Pensé que al menos al levantarme el día cambiaría, y al menos dejaría de llover, pero lo cierto es que ahora escribo delante de una ventana invadida de gotas, y que aun acabándome de levantar no suena Sabina en mi habitación, hoy sólo se oye el ruido de la lluvia en los tejados y un par de habitaciones más allá el murmullo de una televisión encendida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario